Hoy me siento obligado a escribir, porque ya no puedo quedarme callado ante la situación en la que nos han metido. Como tantas otras personas de clase media, me encuentro atrapado entre dos mundos: el de los que viven cómodamente a costa de un sistema que no para de enriquecer a unos pocos, y el de aquellos que sufren las consecuencias más directas de esta crisis que no parece tener fin.
Llevamos años viendo cómo todo sube, pero nuestros salarios se quedan igual, o incluso se reducen. El precio de la gasolina, la comida, la vivienda… todo parece haber subido de forma desorbitada. Y no, no hablo de unas “alzas puntuales”. Esto es un proceso constante, imparable, como si no importara si trabajas 8, 10 o 12 horas al día. La cuenta nunca cierra, los números no cuadran y el peso de la incertidumbre cada vez se siente más pesado.
El panorama económico está tomando una forma que ya ni siquiera parece preocupante para los responsables. Lo peor de todo esto no es solo la falta de oportunidades, sino que cada vez hay más gente que parece olvidarse de lo que significa vivir con dignidad. Los políticos, los empresarios, los que manejan los grandes hilos, se siguen enriqueciéndose mientras nosotros, los de abajo, seguimos arrastrándonos, ahogados por impuestos, servicios básicos que no alcanzamos a pagar y un mercado que no da tregua.
La clase media, la que supuestamente es la columna vertebral de la economía, está viendo cómo su poder adquisitivo se reduce cada día más. Mientras, aquellos que tienen un pie en la élite no sienten el peso de la crisis, o peor aún, la aprovechan para aumentar su riqueza. Es una burla, una falta de respeto, una muestra clara de cómo se nos sigue utilizando como moneda de cambio en un sistema que solo favorece a los de siempre.
Es frustrante pensar que, pese a nuestros esfuerzos, nunca llegamos a alcanzar esa estabilidad que nos prometieron cuando comenzamos a trabajar y a formarnos. Se supone que la educación, el esfuerzo, la dedicación nos llevarían a un lugar mejor. Pero no. Al final, la realidad es que seguimos luchando por sobrevivir, no por prosperar.
¿Qué se espera de nosotros? ¿Qué esperas de una persona que se levanta cada mañana con la esperanza de que las cosas mejoren, pero que se encuentra cada día con la misma cara de indiferencia de los que toman decisiones que nunca nos consultan?
Estoy cansado de escuchar promesas vacías y de ver cómo los que deberían cambiar las cosas solo se dan palmaditas en la espalda entre ellos. Estoy cansado de que siempre sean los mismos los que salgan bien librados, mientras a los que estamos en el medio nos siguen apretando más y más. Ya basta. Necesitamos un cambio real, no más excusas.
Espero que, algún día, alguien se digne a escuchar nuestras quejas y, por fin, se haga algo que realmente beneficie a la mayoría y no a unos pocos privilegiados. Mientras tanto, seguiremos luchando, porque no tenemos otra opción.
Atentamente,
Una persona de clase media harta de la crisis.
JULIANA

