Desde la rueda de prensa, la vida de Clara y Diana cambió para siempre. Ya no podían caminar por el pueblo sin sentir las miradas clavadas en sus espaldas. Ya no había lugar seguro.
Las amenazas pasaron de anónimas a abiertas.
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Una tarde, Clara salió de la escuela donde daba clases de refuerzo. Caminaba por la plaza cuando un grupo de jóvenes —que no eran más que hijos y amigos de las familias poderosas— la rodearon.
—¿No te cansas de hacer tanto ruido? —le dijo uno con sonrisa burlona—. Mejor deja que esto se enfríe, o te va a ir mal.
Clara los miró con frialdad.
—Seguiré hasta que la justicia se haga.
Los chicos se rieron y se dispersaron, pero el mensaje estaba claro.
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Diana, en cambio, tuvo que dejar su casa. Sus padres la echaron, temiendo por su reputación y su seguridad. Clara la acogió en su casa, pero incluso allí no estaban a salvo.
Una noche, mientras dormían, un ruido las despertó: alguien había intentado forzar la puerta principal.
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Las autoridades no hicieron nada.
La policía del pueblo, con Jorge Castro a la cabeza, minimizaba las denuncias. Los informes desaparecían, los testimonios se ignoraban.
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Pero Clara no estaba sola. En la ciudad, Teresa Aguilar y algunos periodistas comenzaron a denunciar públicamente la falta de protección y la corrupción en Puerto Lirio.
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Una madrugada, Clara recibió un mensaje:
**“Sabemos dónde está tu hija. Deja esto o la perderás para siempre.”**
El miedo era real, pero la determinación también.
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La lucha se volvía una verdadera cacería. Y Clara sabía que la única manera de sobrevivir era enfrentarlos con más fuerza.
