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“Los hechos y/o personajes de la siguiente historia son ficticios,
cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.”
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La tarde en que Iván Ortega cruzó la puerta del hospital, Clara supo que el momento decisivo había llegado. Él llevaba en sus manos un pequeño USB, envuelto en papel aluminio, como si fuera un tesoro prohibido.
—Lo encontré en la nube de Lucas —susurró Iván, con la voz quebrada—. No podía más con la culpa.
Clara tomó el dispositivo con cuidado, sintiendo cómo el pulso le aceleraba.
—Esto puede cambiarlo todo.
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Esa noche, Clara se encerró en su casa, conectó el USB a su computadora y abrió la carpeta oculta. Allí estaba: un video borroso, corto pero suficiente. Las imágenes mostraban a Lucía, indefensa, y a los chicos alrededor de ella, riendo, burlándose, con gestos que no dejaban lugar a dudas.
No había gritos ni palabras. Solo miradas. Miradas que clavaban el miedo.
Clara sintió un nudo en la garganta. Pero no podía detenerse.
—Esto es lo que necesito —murmuró—. Ahora, a dónde ir.
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Al día siguiente, contactó a Teresa Aguilar y le mostró la grabación.
—Esto es lo que faltaba —dijo Teresa, con la voz firme—. Con esto nadie podrá negar la verdad.
Pero también advirtió:
—Ahora que tenemos esto, el fuego vendrá directo a ti.
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Y así fue.
Al día siguiente, mientras Clara salía del hospital, encontró su coche con las cuatro llantas pinchadas.
En la puerta, un nuevo mensaje:
**“No juegues con fuego, Clara. Lo que hiciste tiene precio.”**
No era solo una amenaza. Era una promesa.
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Pero Clara no se detuvo.
Llevó el video a un abogado especializado en derechos de las víctimas, quien le aseguró que podrían usarlo para iniciar un proceso legal sólido. También comenzó a preparar una rueda de prensa con Teresa, dispuesta a hacer público todo.
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El pueblo, por su parte, se dividió entre quienes apoyaban a Clara y quienes la atacaban sin piedad. En las redes sociales, se crearon grupos que la difamaban y la acusaban de mentirosa.
Los padres de los chicos comenzaron a usar su poder para desacreditarla y presionar a los testigos.
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Una noche, Clara recibió una llamada anónima.
—Sabemos lo que tienes —dijo una voz fría—. Deja todo y olvida a tu hija. O te arrepentirás.
Clara colgó y respiró hondo.
—No puedo —susurró—. No voy a dejar que el silencio gane.
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La rueda de prensa fue tensa. Clara habló con la voz firme, mostrando el video, leyendo testimonios y denunciando la red de encubrimiento.
La prensa nacional comenzó a interesarse. El caso dejó de ser solo de Puerto Lirio.
Pero el precio que pagaría Clara y su familia apenas comenzaba.
