=================================
“Los hechos y/o personajes de la siguiente historia son ficticios,
cualquier similitud con la realidad es pura coincidencia.”
=================================
El mensaje anónimo había confirmado lo que Clara ya sospechaba: **Lucas Herrera** guardaba el video. Siempre había sido el más callado, el más invisible. El que no parecía peligroso. Pero era precisamente ese silencio lo que lo volvía el más peligroso de todos.
Clara sabía que no podía enfrentar a Lucas todavía. No sin pruebas.
Entonces pensó en Diana.
La única que, pese al miedo, le había dicho la verdad.
---
La buscó al día siguiente. La esperó fuera del colegio como antes, pero esta vez Diana no vino sola. Caminaba con la cabeza baja, flanqueada por su madre. Clara las saludó con una mezcla de sorpresa y respeto.
—Señora Romero —dijo la madre—, Diana me contó… parte de lo que pasó. Yo no sabía.
—Gracias por venir —respondió Clara—. No quiero obligarla a nada. Pero si Diana está lista… yo sí lo estoy.
Se sentaron en una cafetería vacía. Clara sacó su grabadora de voz y la puso en la mesa, sin encenderla.
—¿Quieres que lo grabemos? —preguntó.
Diana miró a su madre. Ella asintió.
—Sí —dijo la chica, con un hilo de voz—. Ya no puedo seguir callando.
Clara presionó el botón.
---
—Era la casa de Diego. Yo llegué con mis amigas como a las diez. Ya estaban todos. Había música, alcohol, algunos fumaban. Normal, supongo. Hasta ahí, todo parecía típico.
—¿Lucía estaba contigo?
—No. Llegó después. Sola. Se veía tranquila, pero… como si buscara algo. No estaba feliz. Estaba nerviosa.
—¿Hablaste con ella?
—Un poco. Me dijo que no pensaba quedarse mucho. Que solo quería ver “cómo estaba el ambiente”. Luego la vi con Diego, y después con Iván.
—¿Bebía?
—Al principio no. Después sí. Pero lo raro fue que… ella no parecía borracha. Parecía… confundida. Como si no pudiera entender dónde estaba.
Clara apretó los puños sobre la mesa.
—¿Viste algo?
Diana tragó saliva.
—Fui a buscar mi bolso al salón. Ya me iba. Y ahí fue cuando vi…
Diana bajó la mirada. Su madre le puso una mano en el hombro.
—Lucía estaba tirada en el sofá. Muy quieta. Con la blusa abierta. Alrededor de ella estaban Diego, Martín y Samuel. Reían. Como si fuera un juego.
Clara sintió una náusea seca, pero no interrumpió.
—Iván estaba al fondo. No hacía nada, solo miraba. Y Lucas tenía el celular. Estaba grabando. Se reían, hacían bromas. Yo no pude escuchar bien, pero... no era algo normal. No era una broma.
—¿Hicieron algo…? —Clara no quiso terminar la pregunta.
—No lo vi todo. Me fui. Me asusté. Me paralicé. Quise intervenir, pero... me dijeron que no pasaba nada. Que estaba “dormida”. Que “solo se habían pasado un poco”. Me miraron como si fuera yo la exagerada. Me fui. Me odio por eso.
—No te odio —dijo Clara—. Te agradezco.
—Después, escuché que alguien borró todo. Pero algunos decían que Lucas guardó una copia en una carpeta privada. Que la mostró a sus amigos como si fuera una hazaña. Uno me dijo que era “prueba de que ella quería”. Pero no era eso. No lo era.
Clara apagó la grabadora.
Silencio.
Diana temblaba. Su madre la abrazó fuerte. Clara no podía hablar. Solo lloraba, sin ruido.
Porque ahora, al fin, **tenía la verdad completa.**
Y la verdad tenía cinco nombres.
Cinco apellidos.
Cinco máscaras rotas.
---
Esa noche, Clara fue al hospital. Se sentó junto a Lucía como siempre. Le acarició la mano. Pero esta vez, le habló distinto.
—Ya sé todo, hija. Ya sé quiénes fueron. Ya sé quién lo grabó. Lo que hiciste esa noche fue confiar. Y lo pagaste caro. Pero no te preocupes.
Yo ya no confío en nadie.
Y no me voy a detener.
Se inclinó y le susurró al oído:
—Mamá te va a vengar. Pero a lo legal. Con justicia. Con pruebas.
Y con nombres.
Reales.
Públicos.
Porque **el silencio se terminó**.
